Se ha establecido cómodamente en nuestras rutinas. Ha encontrado sus perfectos aliados en el egoísmo y ambición intrínsecos al ser humano, convirtiéndose en el canalizador y satisfactor de unos oxidados y degenerados instintos de supervivencia social, depredación natural y supremacía jerárquica. El cortoplacismo se alimenta de nuestra necesidad de colmar a corto plazo desmedidas e ilusorias aspiraciones y del ansia por satisfacer impulsivamente insaciables apetencias.
No abundando modelos ejemplares a seguir y siendo tratados como rareza social cuando surgen, el día a día es una continua exaltación de lo máximo conseguido en el menor tiempo, una apología sin fin del resultadismo tangible en cifras inminentemente obsoletas porque ya sólo importa el futuro más próximo. ¿Porqué despiertan admiración aquellos que parece que vayan a “comerse el mundo”, cuando lo acertado, sostenible y me atrevería a decir que saludable es aprender a degustarlo? Poco a poco, sin urgencias y sin miedo a que los demás hagan lo mismo; siendo conscientes de que, si lo engullen con avidez unos pocos, habrá otros muchos que pasen hambre.
Más allá del aprovechamiento del tiempo al que nos empuja lo finito de nuestras vidas, la respuesta puede estar una vez más en lo que se nos transmite a través de los distintos agentes educadores, desde la familia hasta los medios de comunicación. Todo a nuestro alrededor se basa en plazos que hay que tratar de acortar y en objetivos a conseguir cuanto antes para extrañamente detenernos a disfrutarlos una vez logrados y convenientemente anunciados a los cuatro vientos, porque ya nos hemos fijado otros nuevos.
A nivel social se ha creado un modelo a seguir. Un perfil de triunfador siempre medido en términos materiales, preferiblemente joven y al que se le da reconocimiento sin analizar realmente su recorrido, a qué ha renunciado o qué consecuencias y daños colaterales pueden tener las políticas de actuación empleadas para alcanzar ese lugar de supuesto privilegio que ostenta. Lamentablemente, la estructura social piramidal que esos privilegiados de la parte alta se aseguran de mantener y que la ambición e irreflexión de los que estamos abajo alimentan, tiene dos realidades geométricas y espaciales evidentes:
- En las capas altas sólo hay sitio para unos pocos.
- Estas minoritarias y privilegiadas capas altas se sostienen gracias a las, en principio y atendiendo a lo material, menos afortunadas y mayoritarias capas bajas.
La política de hoy día es la máxima exponente y orgullosa promotora de esta filosofía de gestión y consumo, contagiando rápidamente a los predispuestos sectores motores de la economía y del crecimiento, que no del desarrollo, entre los que el turístico no es una excepción. Pese a que se conocen los peligros potenciales de enfocar proyectos y actuaciones desde un punto de vista en el que se prefieren fijar objetivos de ejecución y crecimiento a corto plazo, en lugar de favorecer el desarrollo como consecuencia natural de una gestión responsable, las instituciones suelen ser las primeras que promueven la creación de modelos, herramientas, infraestructuras o programas cuya rentabilidad social, sostenibilidad medioambiental y funcionalidad económica no están demostradas a medio-largo plazo, más allá de la inmediatez de apuntarse el tanto de su creación o de tener otro punto más en el listado de competencias que presentan cuando se les pregunta en qué emplean o en qué emplearon su tiempo. Enormes continentes, con exiguo contenido.
En este escenario, toda persona nace libre de culpa pero permeable a lo que observa a su alrededor. Interioriza con naturalidad el enfoque fácil y cómodo pero empobrecedor y esclavista del cortoplacismo. Es un mal vicio de los que crean dependencia y un bucle sin fin del que hay que bajarse en marcha; por nuestro bien, para ganarnos la libertad de parar a disfrutar realmente de las pequeñas experiencias que nos proporciona el camino a recorrer, independientemente del alcance de los objetivos o incluso prescindiendo de ellos. También por el bien de lo que nos rodea, así como de futuras generaciones, no hipotecando la madurez de los valores a éstas legados.
En definitiva, debemos aprender a medir nuestro particular triunfo en la vida más allá de la fría, calculada e impuesta dictadura de las cifras y los tiempos. Establecer un criterio de valoración basado en los intangibles, en lo que hemos sido capaces de crecer como personas y en la calidad de lo que somos capaces de aportar y trasmitir a la sociedad. De lo contrario, seguiremos siendo un consumible más en manos de otros. El combustible que alimente nuestras propias ambiciones; a corto plazo, por supuesto.